Opera prima

Contenidos

Ejercicio de romanticismo.

Desde hace 30 años las crepe suzette de Cluny han sido la envidia de los restorancitos de Av. de la Paz. Por tan solo ciento catorce pesos tenían todo el sabor típico francés, el glamour de un postre flameado a la mesa y  la sutileza del licor de naranja, eso opinaba Aída, asidua comensal y aficionada a llevar a dicha crepería a todas sus primeras citas. 

El Cluny era un pequeño restaurante situado en una casona de 1901 en el centro de San Ángel, decorado al estilo Belle Époque con murales inspirados en la obra de Toulouse Lautrec. Este pequeño e íntimo establecimiento tenía una agradable terraza de piso de barro rojo, y se encontraba en una callecita empedrada que iba a parar a la Plaza del Carmen.   

Al entrar, se podía distinguir el olor a jabón con el que lavaban afanosamente el piso todas las mañanas, combinado con los aromas de los guisos de la cocina, las notas frutales del del clericot y el inconfundible perfume del vino tinto, al entrar hacía falta esperar un rato en el vestíbulo para acostumbrar la vista a su media luz característica. Un estrecho pasillo separaba la cocina del salón de 14 mesas, donde los comensales podían sentirse a media noche en París sin importar la hora que fuera. 

II

El día en que Aída y Ernesto se vieron por primera vez llegaron tan tarde al lugar que se encontraron con las sillas de caoba volteadas sobre las mesas, ya desprovistas de los usuales manteles blancos y sin el discreto florero ornamental. La pareja estaba sentada en la sección 4 del restaurante, un pasillo en forma de herradura que circundaba el salón principal, delimitado por una falsa arquería de tablarroca, que dotaba a esa parte del café de una intimidad especial. Las paredes color salmón estaban iluminadas con lámparas arbotantes que daban una luz difusa muy apropiada para el romance, y estaban decoradas por macetas con racimos de siemprevivas, unas pequeñas florecitas tan vitales como el papel crepé. 

Aída se levantaba al amanecer para vocalizar, y trabajaba diligente en una papelería hasta caer la tarde; terminada la jornada, de regreso en su casa, se subía a su recámara, contaba el dinero que le faltaba para pagar la inscripción a la escuela de canto y se ponía a revisar los mensajes de la aplicación de citas, escogía a los posibles ganadores de las crepe suzette de ese viernes y se dormía soñando con su vida era un musical color de rosa. Nadie mejor que ella para soñar  La vie en rose.

Llevaba el pelo liso y suelto, cepillado a conciencia, los dientes bien alineados,  las uñas pulcras. Prefería en todo un  estilo ecléctico, combinaba una prenda vieja con una nueva, una costosa con una modesta, una conservadora con una excéntrica. Tenía una cara dulce y alegre, una voz poderosa muy resistente a la educación pero con personalidad.

Tenía, como cualquiera a sus 21 años,  la ilusión de llegar a ser alguien en la vida con trabajo y perseverancia; y tal vez, un pequeño golpe de suerte, algo así como toparse por casualidad  con un Buscatalentos.

La noche de ese viernes el elegido para las crepes suzette fue Ernesto, un estudiante de filosofía de 23 años, alérgico a cuanto se puede ser alérgico en la vida, y probablemente, también  en la muerte. El melindroso muchacho tuvo un mal presentimiento cuando al entrar a la crepería, un carnaval de olores le golpeó la nariz y vio los murales verde ajenjo un poco siniestros a la medialuz de las arbotantes, quiso salir corriendo cuando al solicitar una mesa los meseros parecían más prestos a barrerles los pies que a servirles la cena. 

Aída por su lado, se mantenía apartada admirando a su acompañante, sentía que esa era una gran noche, que no se arrepentiría de nada. 

La pareja se sentó en una mesa para dos detrás de uno de los arcos, la única que todavía tenía mantel y florerito. Pidieron una jarra de clericot, un filete dijon y ordenaron, las anheladas crepes suzettes y café. 

Aída estaba radiante, en su opinión el chico le correspondía. La noche ya no era tan joven, señal de que el tiempo era ligero, como pasa con las buenas compañías. La privacidad que brindaba ser los últimos comensales era un buen augurio,  para completar la armonía del cuadro empezó a sonar “La vie en rose”.  Aida se enderezó del asiento atenta y emocionada, se tomó las manos conmovida, se tocó el pecho a la altura del corazón,  y entre cerrando los ojos cantó “La vie en rose” en un francés de perfectamente mexicano.

Ernesto recargó el codo en la mesa,  y se tocó las sien con los dedos índice y cordial para disimular su sorpresa. 

Aída miró con agrado a Ernesto,  su discreto gesto era una señal inequívoca de aprobación. La interpretación podía subir un poco más de nivel. Aída se paró a cantar.

Ernesto sentía el martillar de la sangre en los temporales, no sabía cómo reaccionar, su respiración era tan fuerte que casi no podía oír otra cosa. No sabía si se iba a desmayar por el vino, una reacción alérgica o el bochorno.

Aida miró satisfecha a Ernesto que estaba visiblemente conmovido, terminó la canción con un formidable grito, y sintió que su voz era el puente que los conectaba con la divinidad.  

Ernesto cerró los ojos para no salir corriendo. Hacía seis meses que no tenía novia y no podía rendirse, tenía que volver a montar para perderle el miedo al caballo. No podía rendirse solo porque todo conspiraba en contra. 

Aída lo miró emocionada, confirmó que la cita estaba saliendo perfecta, los ojos cerrados  de él, indicaban lo concentrado que estaba en su voz .

Al terminar la presentación Ernesto con un movimiento mecánico jaló la silla para que Aida se sentara. Ella creía estar viendo el paraíso,  tomó asiento grácil y delicadamente mirando a su compañero con una sonrisa encantada.

Ernesto pensó aliviado que el terrible trance había acabado y que podían, por fin, salir de ahí a un lugar más seguro.

III

Ernesto sentado en la mesa, con la cabeza inclinada, fijos los ojos en el mantel, los brazos colgando, dijo en voz baja para sí mismo, algo que nadie oyó.

Un rayo de luna iluminó el centro del salón, de las bocinas del lugar salió a todo volumen  “Non,  je ne regrette rian” de Edith Piaff. Entró desde el fondo del salón con los brazos abiertos Javier un mesero de 23 años, vestido con pantalón negro, camisa blanca y el delantal negro con el escudo de Cluny bordado en el pecho. El apuesto jóven seguía hacia Aída caminando al ritmo de la música, con los brazos extendidos, ella se levantó, se arrojó en ellos y se unieron en coro cantando “No, no me arrepiento de nada”. 

Ambiente 

El restorán vacío la única mesa alumbrada por un as de luz la de Aida donde se ve un billete y unas copas a medio tomar. El resto de las mesas desmontadas, Javier y Aida en tremendo tap Boliwood de fayuca. Ella se perdió en la música. 

FIN

Contenidos

Sobre

Arregladora

Cuaderno de apuntes sobre literatura, guionismo, filosofía y el libre fluir del inconsciente.

Sobre

Arregladora

Cuaderno de apuntes sobre literatura, guionismo, filosofía y el libre fluir del inconsciente.

Tal vez te interese:

Ejercicio de romanticismo. Desde hace 30 años las crepe suzette de Cluny han sido la envidia de los restorancitos de...

Narrador en segunda persona. Abres el siguiente archivo de tu computadora y lees Lucas_D,  piensas que lo debió haber mandado...