Imitatio auctoris: Lispector

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Narrador en primera persona.

Antes de que Sandy viniera debería estar depilada y lista,  para dejarme vestir y maquillar como si fuera su muñeca, y entonces subiríamos al carro emocionadas, poniendo la lista de canciones de la universidad ¿Hace cuánto que no salíamos? Ahora que ya me había curado, iríamos al Mambo Jambo, veríamos a Teté y las demás, nos saludarían emocionadas, y después todas juntas subiríamos por las escaleras abriendo pista. ¿Desde hacía cuánto tiempo no veía a Sandy divertirse? La tranquilidad de una chica era, desentendida de su hermana,  poder salir a bailar y sentirse bonita. Mientras, yo hablaría con todos los pretendientes de Sandy, complaciente y de buen modo, haciendo la conversación a los galanes que se acercaran para hacer preguntas sobre mi bonita hermana, encargándome, como siempre, de los asuntos no tan relevantes como para que Sandy se encargue de ellos, restaurando mi insignificancia. Como cuando a Merceditas Prieto (el gato) encuentra el plato croquetas lleno después de dos días de juerga sin que nadie le diga nada. 

Por suerte, todos me recordaban que ya estoy bien. Sin verme ni preguntarme, todos me ayudan a recuperarme mediante la infalible técnica de la omisión ¿Quién sabe? Tal vez fuera cierto que lo habían olvidado. ¿Cuánto tiempo Sandy no pudo divertirse sin preocuparse por mi? ¿Hace cuánto tiempo ella tampoco se relajaba?  

Renata se miró al espejo: ¿hacía cuánto tiempo que no se divertía? Examinó su cara de facciones perfectamente olvidables, ojos cafés, la cola de caballo en la nuca, la cara limpia y bien humectada, las cejas delineadas, la expresión anodina de niña bien portada ¿Alguien notaría esa minúscula chispa de envidia por los novios que nunca había tenido? Con la minuciosidad con la que llenaba libretas de caligrafía perfecta,  planeaba bañarse, depilarse y… sí, eso bañarse y depilarse esperando a que llegara Sandy a escoger qué ponerle. 

Mejor así, que ella escoja, de todas maneras siempre me hace cambiar. Siempre hemos sido tan diferentes… Sandy, segura y teatral; yo, Renata, metódica y tranquila; Sandy, arrojada e histriónica. Yo prudente, planeadamente lenta. 

Eso… me metería a bañar y esperaría a Sandy en mi recámara perfectamente neutral como set de revista. No como la recámara de Sandy, que estaba toda personalizada, la había hecho una réplica suya. En cambio yo vivía como en una tienda de muebles. 

Renata se alegraba de haber vuelto a ese mundo falible de gente común que se equivoca y cansa. 

Estar cansada es bueno, la gente importante nunca tiene tiempo y siempre está cansada. Aún la falta crónica de gracia parece más diligente si no se tiene tiempo y se está exhausta. No más pasar días sin dormir con energía sobrehumana. Había sido solo una etapa incómoda para los demás, se cuidaría de no volver a ser perfecta, recordaría dejar un pequeño detalle inacabado para no disgustar  a los demás con su tendencia a la perfección, estar muy cansada para evitar que “eso” regresara. Siempre quise ser una de estas personas que no tienen tiempo; Sandy pasará por mi para ir a bailar, será mi primera salida, tendría que estar lista. Seguir el plan, bañarme, depilarme, ponerme linda, no tan linda como Sandy, claro, pero linda a mi estilo.  Sandy se impresionaría de saber que ella también practicaba las coreografías de los videos, que también podía ser cool y coqueta, pero no bailaría, era una pena… solo se quedaría atrás hablando con los chicos que buscaban a su hermana, sumisa y amable, sin ofenderse de  su fingida atención, acordándose de estar calmada y  sonriente… como iba diciendo: Sandy llegaría por mí y saldríamos en el carro vestidas para la ocasión. Y tal vez yo conocería a un chico que me quisiera a mí y no a mi hermana; no, eso no iba a pasar, eso nunca pasaba. 

Bañarse, depilarse  y esperar a Sandy. Mirar su pierna, esa lisura perfecta —¡Ah!, qué linda —cantó su alma, con alegría de niña. Un remanso para la compulsión. Sentir la piel lisa en su perfecta belleza. Nunca había tenido la piel tan sedosa, pensó sorprendida. Subió la mano desde el tobillo, sintiendo el liso placer de una pierna afeitada: ¡Qué maravilla! Era una piel de irreprimible suavidad, ¡Hasta parecería mármol!, dijo sorprendida. De pronto sintió pudor. Se sintió tímida y molesta. Tanta perfección le perturbaba. 

¿Porque la perfección le perturbaba? ¿De verdad le molestaba? Era una tentación ¡Qué tontería! ¿Cómo la belleza va a ser peligrosa? Solo era piel depilada, una usanza, cosas de etiqueta. Sandy se sorprendería de que no fuera al salón a hacerse la depilación. Le parecería que es anticuado hacerlo en casa… —¡Eso ya no se usa Renata! —diría Sandy con su estilo burlón: —Oh no, no ¡No es que sea una viciosa de la perfección, es el pequeño placer de sentir la delicadeza de la piel sin protuberancias. Es que bueno, vamos a salir y pensé en ir linda. Eso diría, y Sandy se sorprendería de que Renata fuera capaz de ser vanidosa. Es chistoso que en los diálogos imaginarios me  llame por mi nombre, Renata, la lenta, la despistada, la hermana de Sandy que no sabe bailar, la que ya está bien y no hay que cuidarla todo el día, y consentirla y ser buena con ella porque ya está bien, la hermana que no es una preocupación.  

No, nada de pensar en eso. Nada de asustar a los demás con mis cosas. 

Y entonces la tentación de seguir en el baño, rasurarse la otra pierna,  el resto del cuerpo. 

No salgas del baño, termina con el vello de todo del cuerpo. Se delicada y perfecta ¡Qué idea!  primero lejana como un susurro, luego un poco más audible: no salgas, no vayas a ninguna parte,  rasurate todo el cuerpo, la otra pierna, los brazos, el pubis, las cejas, la cabeza. 

Renata se inquietó un poco, sus buenas ideas resultaban no ser tan buenas. Pero esta lo era.  Tersa desnudéz de una piel perfectamente afeitada: sí lo era. Miró la pierna terminada: era linda y era suya, no tendría que saberlo nadie más. 

Además ya había empezado, era más raro dejar la otra pierna sin terminar. No es tan peligroso, solo las piernas, las dos, eso es normal, nadie podría culparla por un gesto de higiene común. 

Sandy llegó por ella. Renata salió del baño sin terminar la otra pierna, en bata y con un turbante en la cabeza. 

Saludó a Sandy, miró el vestido y sandalias que su hermana le había preparado. El vestido llegaba sobre las rodillas. Tendría que usar botas, y un destello de vicio brilló en sus ojos al recordar con avidez lo de sus piernas. De todas maneras eso ya no importaba. 

─Hola Renata ¿ya estas lista? ¡ya tengo lo que te vas a poner!

—No pude evitarlo —dijo Renata, con una mezcla de lástima  por su hermana y una petición de disculpa—. Yo no quería —dijo humilde y arrepentida—. Fue por la pierna —dijo derrotada.

A Sandy, se le acartonó la sonrisa como cuando se tardan mucho en tomar una foto y se le vació la mirada fija en la pared, de pronto le pareció muy lejana como cuando miras por el lado incorrecto de los binoculares. Trató de decir algo que no alcanzó a salir de su boca. Bajó la mirada apretando los puños furiosa y   horrorizada por la impudicia de su hermana. De pronto se relajó, sus hombros se bajaron vencidos.  Miró a Renata con cara de mujer de ochenta años, exhausta y resignada. Sabía que su hermana había hecho todo lo posible por mantenerse de este lado. 

Renata tiró el turbante dejando ver la perfecta redondez de su cabeza totalmente rasurada. 

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Arregladora

Cuaderno de apuntes sobre literatura, guionismo, filosofía y el libre fluir del inconsciente.

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